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julio 20 de 2006

PRESIDENCIA 2006 - 2007

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Alfredo Cuello Baute

Presidente 2006 - 2007

Discurso pronunciado por el actual Presidente de la Cámara de Representantes, Alfredo Ape Cuello Baute, al momento de ser elegido en dicha dignidad el jueves 20 de julio de 2006

 

Uno de esos afortunados azares unido a la decisión del Partido Conservador Colombiano y a la confianza comprometedora de una suma de voluntades de ciudadanos me tienen hoy asumiendo un reto para cuyo feliz logro contaré desde ya con la comprensión crítica y la buena voluntad de quienes vamos a participar en esta interesante y provocativa etapa de la vida colombiana.

Las dinámicas sociales, las aspiraciones de la comunidad, las tensiones propias de la política, concebida ella como una ética de lo colectivo, han encontrado eco y respuesta en las leyes cuyo beneficio y capacidad de moldear la realidad se pondrán a prueba ahora.

El augurio a favor está dado por el estado actual del Partido Conservador dentro de la concepción de que los partidos políticos son formas de asociación vigentes. No por una disposición voluntarista de sus miembros y directivos, si no por un convencimiento de que el desarrollo y perfeccionamiento de la democracia requiere de ellos como forma específica de conglomerado de anhelos y búsqueda eficiente de realizaciones y logros que nunca pierden en el sistema de equilibrios el interés social o el bien común.

En este sentido el Partido Conservador ha hecho un esfuerzo por adecuar sus estructuras históricas, sus lealtades tradicionales, al reclamo vehemente de una sociedad en cambio acelerado y consciente como pocas de su incorporación a un mundo cuya mayor conciencia ahora es el vértigo del cambio y la exigencia sin esperas de soluciones discutidas y aceptadas.

Mucho ha transcurrido en la sociedad colombiana desde aquel instante en que el Partido de Núñez y de Caro, de Reyes y de Suárez, y la noble y visionaria entrega de Simón Bolívar asumió los riesgos, no siempre comprendidos, que implican el fortalecimiento de una sociedad, la construcción de un país, y el reconocimiento de un Estado.

Ello permite una responsabilidad incomparable a la hora de los cambios, los cuales necesariamente ponen en tensión ideales, concepciones y búsquedas, y de esa confrontación, por lo regular dura, surgen rumbos firmes y convenidos.

Yo no tengo si no motivos de gratitud con mi Partido Conservador quien me ha escogido para este alto destino al cual voy a responder sin tacha y con empeño.


Construir partidos en medio del descreimiento general no es cosa fácil. Entregarnos al designio de lo colectivo, a plasmar aquello que está más allá del reconocimiento individual, y a construir tesis que sean resultado del examen plural, de la tolerancia en las discusiones, y de las conclusiones acordadas, no es una experiencia con tradición en la cultura política nacional. Estamos a punto de iniciar el tránsito entre las heterodoxias caprichosas y las tesis que resultan de un análisis participativo y cuidadoso de lo que se quiere y de lo que se espera.

Así, estoy comprometido, como el que más, en aclimatar y desarrollar la Ley 974 de 2005, cuya innovación principal se refiere al régimen de Bancadas.

Es sabido que nuestro Congreso de la República ha realizado con terca voluntad una transformación muchas veces no percibida. En el desespero por encontrar un responsable de los males, aunque ello no implique su superación y su remedio, hemos terminado por convertirnos en esa especie de muro de lamentaciones donde cada quien expresa su malestar o su desesperanza. Pareciera que al encontrar un icono al cual se pueda detestar o escupir disminuyera la gravedad de nuestras aflicciones.

Y contra ello no tengo protesta en tanto es signo de la importancia que tiene para los ciudadanos y la sociedad su Congreso: Ese recinto indispensable y mítico de la democracia, del cual todos esperan soluciones, respuestas, discusiones, se apresta hoy a una transformación cuya dimensión no sé si ha sido percibida a cabalidad.

El Conservatismo Colombiano, leal a su convicción de que los partidos constituyen un elemento insustituible de la discusión en democracia, no sólo ha fortalecido su cohesión interna, su búsqueda de futuro, sino que ha propiciado una renovación en sus cuadros de la cual yo soy el más humilde de sus ejemplos. Los temas de la política, y no todos lo quieren ver, no se refieren de manera unívoca a la aritmética electoral. Más allá de ella está la innegable aspiración humana del deseo de perdurar, de construir instituciones que duren mucho más que la vida humana y su fugaz permanencia.

Quizá allí se encuentre, en la renovación generacional, en la apertura hacia las jóvenes y nuevas militancias, una respuesta a la reiterada pregunta que hoy por hoy se hace América Latina,  en que momento se generó un abismo, o se perdió el hilo, de comunicación entre las necesidades sociales y las respuestas del Estado mediante las ramas del poder público.

Es sabido que en la compleja actualidad en que vivimos la sociedad exige actos del Ejecutivo, justicia de la Jurisdicción, y leyes de la Rama Legislativa. Pero cuáles son esas leyes que pueden atender el clamor general y encauzar por el tejido de la democracia y el progreso lo que un viejo anhelo pide para realizar su vida, de acuerdo a lo que cada quien considera que es la vida, en una comunidad que se debate en los albores del siglo XXI.


Aquí, además de la mencionada renovación generacional, con la cual el Congreso de la República quiere ponerse a tono con las necesidades, los cambios, y aspiraciones de una sociedad en transformación, veo la importancia fundamental de la ley de Bancadas. Es innegable que los partidos históricos, que los partidos nuevos, que los partidos de transición, tuvieron líderes que llevaron la vocería de una concepción o de una corriente.

En ese entonces el país entero reconocía voces, acataba orientaciones, discutía propuestas. Después, el Congreso cumplió un papel que aún no se le ha reconocido, y es que se volvió el foro de la diversidad, una diversidad cuyos elementos constitutivos no siempre tuvieron expresión. Es probable,  que por ello, a la comunidad le llegue el eco de un conjunto de voces que buscan su tono y quieren la interlocución con el país entero.

Por ello, es indispensable ir estableciendo las herramientas que permitan la implantación de la ley de Bancadas sin dificultades, con posibilidades a la mano y evitando cualquier sentimiento de exclusión.

Aquí la tecnología desempeñará una significativa función. En el mundo en que vivimos la eficiencia se ha acercado de manera íntima a la noción de oportunidad, y ésta a su vez al concepto de rapidez. Los legisladores requerimos sistemas modernos de consulta, respuestas eficientes a nuestras inquietudes, y acceso fácil a antecedentes históricos, exposiciones, y material cotidiano de trabajo.
Esto sólo será alcanzable mediante la utilización adecuada de las tecnologías.

Va a ser indispensable un gran coordinador general de las Bancadas. Contra lo que creen muchos, el legislador colombiano es una fecunda combinación entre el anclaje de la aldea, de la cual el gran novelista Tolstoi afirmó que es la semilla de la universalidad, y el proyecto de nación que construimos entre todos. Así, las Bancadas se constituirán en una gran destilación y añejamiento de ideas múltiples, de creatividades, que pasadas por el tamiz de la asociación partidaria tendrán la fuerza, la seducción, y la legitimidad de expresión de lo plural.

Sin duda,  ello repercutirá en la forma en la cual hoy discutimos. Intervenciones razonadas, con argumentos producto de la solidaridad de un equipo, van a conducirnos a lo esencial de cada tema. Ello permitirá que los debates no concluyan por cansancio sino por el convencimiento pleno del acuerdo o del desacuerdo.

Además,  de este salto tecnológico que permita a cada Representante un fácil acceso a la sociedad disponible del conocimiento ha llamado mi atención una cuestión que de manera reiterada produce observaciones, quejas y comentarios de las personas, ciudadanos y especialistas.

Se refiere a la manera en que son concebidas las leyes desde la perspectiva del lenguaje. Ello no mereciera mi examen si no hubiese constatado que una ley mal concebida se vuelve un atentado contra el Estado, contra la democracia, y contra su propia finalidad. Yo soy de los que están convencidos que la ley no es un oráculo de tecnócratas si no una herramienta cuotidiana y tan cercana a las personas y ciudadanos como las oraciones de su credo. Todos hemos sido testigos de muchas leyes que por las deficiencias de su expresión lingüística se volvieron un interminable semillero de disputas y un sinfín de delirios de interpretación.

No puedo, entonces,  si no pensar en un convenio de colaboración interinstitucional que permita a los ponentes de los proyectos disponer de la ayuda de la Academia Colombia de la Lengua, o del Instituto Caro y Cuervo, renombradas instituciones ambas, para que participe en este necesario ideal democrático de poner al lenguaje al servicio de las ideas y del pensamiento, y poner el pensamiento y las ideas a disposición de aquello que la naturaleza de la ley involucra, es decir impulsar la igualdad, hacer tangible la justicia, llegar a todos de manera eficiente, sencilla y cumpliendo su sentido de manera clara.

La voz del Congreso no será jamás una barahúnda ininteligible sino la expresión más fina y nítida del espíritu de un país. Eso somos y a eso nos debemos.

El Congreso Nacional en medio de las múltiples crisis vividas ha recuperado la legitimidad de su representación. A tal punto que para mi, hoy, gran parte del esquema de seguridad de los congresistas reside en el afecto y la confianza que el pueblo tiene en sus legisladores. Esa confianza no va a ser defraudada y a ella se responderá de la mejor manera que sepamos.

A nadie escapa que ante el reto de la ley de Bancadas, ante el compromiso por la renovación generacional, y la consolidación del partido como un pilar fundamental del régimen político, surge una responsabilidad cuya hondura incita. Nunca antes Colombia había vivido la circunstancia histórica de un Presidente reelegido con tal grado de aceptación, entusiasmo y esperanza. Ello enfrenta a la Rama Legislativa, dentro de la noción clásica de la colaboración armónica para la realización de los fines del Estado, a una delicada expectativa por parte de los ciudadanos.

El Congreso, entonces, no tiene otra alternativa que responder de manera suficiente y transparente a los requerimientos del bien común o del interés social. Este es un aspecto esencial de su gestión, y yo no puedo si no convidar a todos a quienes ya saben que tendrán en mi a un garante de todas las voces, de la diversidad de ideas, de las múltiples necesidades, de las diferencias que nos constituyen, para que se expresen sin cortapisas y de manera fundada buscando siempre la razonabilidad de sus propuestas o de sus asertos.

Entonces, procuraremos aprobar leyes que respondan a la realidad y modelen la conducta, y estimulare el control político que genere más conciencia a los ciudadanos.
Aquí sé que vamos a contar con la colaboración del señor Ministro del Interior y de Justicia, doctor Carlos Holguín Sardi, cuya tradición parlamentaria y su voluntad sin estridencias por la refundación del Partido no pueden menos que estimular la fe en un trabajo guiado por los intereses superiores de Colombia.

No me resta sino convocarlos para esta interesante y fundamental empresa de renovación y futuro y agradecer a quienes desde la discreta intimidad o desde el entusiasmo convencido han rodeado mis logros y han mitigado mis desfallecimientos. Desde los días lejanos en los cuales inicié una vida profesional, vinculada a lo público, al lado del doctor Carlos Murgas Guerrero, cuya desprendida convicción en mis acciones me impulsaron, hasta la generosidad infinita de las gentes del Cesar, quienes a la vez que me enaltecen me obligan con su voto generoso.

Y por supuesto las gratitudes que se entrelazan en la sangre con mi familia, mi esposa Lina María, mi hijo Sebastián, mi madre Marta Baute, mi padre Alfredo Cuello Dávila, y mi abuelo Manuel Germán Cuello Gutiérrez, cuya familiaridad me ha señalado un rumbo y me ha mostrado que el país que soñamos no empezó hoy.

Saben mis equipos de trabajo en el Departamento del Cesar y en Bogotá cuanto aprecio su desempeño. Y los funcionarios del Congreso Nacional que laboran, día tras día, para que ese mundo de apariencia inasible de las leyes funcione de manera correcta y eficiente, les digo una vez más cuanto aprecio su labor, la cual será indispensable potenciar ahora con programas académicos de capacitación para ponernos a tono con las nuevas exigencias.

Muchas gracias,


Alfredo Ape Cuello Baute

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